La disfagia fue la primera piedra que se cruzó en nuestro camino y la primera que tuvimos que aprender a superar.

La disfagia se coló en nuestra vida el mismo día que Adhara nació y, aunque había oído hablar de ella por mis estudios de Atención Sociosanitaria a Personas Dependientes, nunca imaginé que llegaría a convivir con ella hasta el punto de conocer casi todo sobre esta condición.

Cuando un niño tiene disfagia, algo tan cotidiano como comer o beber puede convertirse en un auténtico reto.

Esto ocurre porque existe el peligro de que los alimentos pasen a las vías respiratorias en lugar de llegar al estómago, lo que puede provocar atragantamientos, infecciones respiratorias o dificultades para una correcta nutrición. Además, afecta a la coordinación de la lengua y la garganta durante la deglución.

La disfagia suele aparecer en personas mayores o en niños prematuros, cuyo sistema de deglución todavía es inmaduro. Sin embargo, ese no fue nuestro caso, ya que Adhara nació a las 41 semanas de gestación.

Aun así, nuestro diagnóstico fue disfagia madurativa, un retraso en el proceso de tragar que requiere aprendizaje y tiempo. A lo largo de este camino hemos conseguido grandes avances: pasamos de una sonda nasogástrica a utilizar únicamente espesante para líquidos.

Los tratamientos suelen adaptarse a las necesidades de cada persona y pueden incluir:

  • Sonda de alimentación
  • Espesantes
  • Control del flujo (por ejemplo, mediante la tetina del biberón)

Además, es fundamental el trabajo conjunto con profesionales como el logopeda y el nutricionista, así como la realización de ejercicios de estimulación en casa.

Señales de alerta

  • Tos o ahogamiento
  • Cambios en la respiración
  • Lagrimeo
  • Cambio de coloración en la piel o los labios

Recibir este diagnóstico fue un momento difícil para toda la familia. Significó vivir en estado de alerta constante. Sin embargo, también supuso el inicio de un gran camino de aprendizaje, adaptación y superación.


Alicia Sánchez