La comparación silenciosa: cuando la vida de los demás parece mejor que la nuestra.


Por Sabrina Brull Ortiz.

Confiesa. Tú también has entrado a Instagram diciendo: «Voy a mirar un momento…» y, cuando levantas la vista, han pasado cuarenta minutos, el café está frío y, de alguna manera que todavía no entiendes, ahora sientes que todo el mundo tiene una vida más interesante que la tuya.

Es curioso cómo funciona nuestra mente. En menos de diez minutos podemos pasar de ver a una persona desayunando en una playa paradisíaca, a otra inaugurando un negocio, otra corriendo una maratón, otra anunciando que se casa y otra enseñando el salón de una casa que parece sacada de una revista de decoración. Y ahí estamos nosotros, todavía en pijama, preguntándonos si hoy toca poner otra lavadora.

Las redes sociales tienen algo de escaparate. Igual que una tienda coloca en el escaparate sus mejores productos y no las cajas del almacén, las personas solemos compartir nuestros momentos más bonitos. No es que quieran engañar a nadie; simplemente es natural querer enseñar aquello que nos hace ilusión. El problema aparece cuando olvidamos que estamos comparando nuestro «detrás de cámaras» con el «estreno oficial» de los demás.

Lo curioso es que casi nunca pensamos en lo que no vemos. No vemos la discusión que hubo antes de esa foto de pareja perfecta. No vemos las dudas antes de cambiar de trabajo. No vemos las veces que alguien tuvo miedo de emprender, las inseguridades antes de publicar un logro o el cansancio que puede esconderse detrás de una sonrisa. Vemos el resultado final, no el camino.

Y, sin embargo, nuestra cabeza hace cálculos muy rápidos. «Con mi edad debería haber conseguido más.» «Mira cómo viajan todos.» «Todo el mundo parece tener claro qué quiere hacer con su vida… menos yo.» Es impresionante la facilidad con la que podemos convertir cinco minutos de redes sociales en una auditoría completa de nuestra existencia.

Hay una frase que dice que la comparación es el ladrón de la alegría. Quizá sea un poco exagerada… pero algo de razón tiene. Porque cuando nos obsesionamos con mirar el recorrido de los demás, dejamos de apreciar el nuestro. Empezamos a medir nuestro éxito con una regla que ni siquiera hemos elegido nosotros.

Y aquí viene otra trampa bastante común: pensar que todos avanzan más rápido. Pero la vida no es una carrera de cien metros. Es más parecida a una excursión por la montaña. Hay quien empieza antes, quien hace una pausa para descansar, quien cambia de camino y quien incluso decide volver atrás para tomar otra dirección. Comparar dos recorridos completamente distintos nunca ha sido una buena forma de saber si vamos bien.

Eso no significa que las redes sociales sean el enemigo. También pueden inspirarnos, enseñarnos cosas nuevas, hacernos reír o acercarnos a personas con intereses parecidos. La diferencia está en cómo las usamos. Inspirarse es pensar: «Qué buena idea, quizá algún día yo también pueda hacerlo». Compararse es concluir: «Si yo no he conseguido eso, entonces valgo menos». Y entre una frase y la otra hay un mundo.

Tal vez la próxima vez que cierres una aplicación y notes esa incómoda sensación de que tu vida no es suficiente, puedas hacerte una pregunta sencilla: ¿estoy comparando mi realidad con la realidad… o con la mejor selección de momentos de otra persona?

Porque la mayoría de nosotros no vivimos en una postal. Vivimos entre reuniones, ropa por doblar, días buenos, días complicados, planes que salen bien y otros que no tanto. Y, aunque eso no siempre consiga muchos «me gusta», sigue siendo una vida completamente real.

Y quizá ahí esté el verdadero reto: dejar de intentar que nuestra vida parezca perfecta y empezar a disfrutarla tal como es. Porque las mejores historias rara vez son las que parecen impecables; suelen ser las que se viven de verdad.


Sabrina Brull Ortiz.

Coach Emocional.