La emoción que más escondemos: cuando aparentar estar bien se convierte en una carga.


Por Sabrina Brull Ortiz.

Hay una pregunta que hacemos casi todos los días y cuya respuesta, curiosamente, casi nunca comprobamos.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Y seguimos caminando.

Lo curioso es que ese «bien» sirve para casi todo. Sirve cuando acabas de discutir con tu pareja, cuando llevas tres noches durmiendo mal, cuando el trabajo te está pasando factura o cuando simplemente tienes uno de esos días en los que no sabes explicar qué te pasa. El «bien» se ha convertido en una respuesta automática, casi un reflejo.

No es que estemos mintiendo todo el tiempo. Muchas veces simplemente no sabemos por dónde empezar. Porque, seamos sinceros, responder: «La verdad es que hoy estoy un poco desbordada y creo que necesito parar», mientras haces la compra en el supermercado o coincides con un vecino en el ascensor, quizá tampoco sea el momento más adecuado.

El problema no está en responder «bien». El problema aparece cuando llevamos semanas, meses o incluso años respondiendo exactamente lo mismo… también frente al espejo.

Vivimos en una sociedad donde parece que siempre hay que poder con todo. Hay que ser productivos, mantener una buena actitud, sonreír en las fotos, contestar los mensajes, llegar al trabajo con energía, cuidar de la familia, hacer ejercicio, comer sano y, si además puedes meditar diez minutos al día, mucho mejor. Casi dan ganas de preguntar: ¿a qué hora se supone que respiramos?

Poco a poco empezamos a creer que mostrar cansancio, tristeza o confusión es un fracaso personal. Como si sentirnos mal de vez en cuando significara que estamos haciendo algo mal. Entonces hacemos lo que mejor sabemos hacer: disimular.

Y somos sorprendentemente buenos en eso.

Hay personas que se ríen durante toda una comida familiar y, al llegar a casa, sienten que se les ha acabado la batería emocional. Otras son las primeras en escuchar los problemas de todos, pero nunca encuentran el momento para hablar de los suyos. También están quienes publican una foto sonriendo mientras piensan: «Ojalá alguien me preguntara de verdad cómo estoy».

No porque busquen atención. Sino porque, en el fondo, todos necesitamos sentir que existe un lugar donde podemos bajar la guardia.

A veces confundimos ser fuertes con no mostrar nunca nuestras emociones. Pero la fortaleza no consiste en aguantar hasta explotar. Tampoco en convencernos de que «hay gente que está peor» cada vez que algo nos duele. Comparar nuestro dolor con el de otras personas no hace que desaparezca; simplemente hace que dejemos de escucharlo.

Y aquí ocurre algo curioso. Dedicamos muchísimo tiempo a cargar el móvil para que no se quede sin batería. Nos preocupamos si el coche hace un ruido extraño. Incluso llevamos las gafas al óptico cuando notamos que no vemos bien. Pero cuando somos nosotros quienes llevamos semanas funcionando al mínimo, solemos decirnos: «Ya descansaré cuando pueda».

Spoiler: ese momento casi nunca llega solo.

Escuchar cómo nos sentimos no significa dramatizar ni convertir cada emoción en un problema enorme. Significa darnos permiso para reconocer que hoy no estamos al cien por cien. Que necesitamos descansar, hablar con alguien, poner un límite o simplemente aceptar que no todos los días tenemos que rendir igual.

Porque hay una diferencia muy grande entre ser una persona fuerte y ser una persona que nunca se permite sentir.

Quizá la próxima vez que alguien te pregunte «¿cómo estás?» no haga falta contar toda tu historia. Pero tal vez puedas empezar por responderte esa pregunta con honestidad a ti mismo.

Después de todo, es la conversación más importante que tendrás durante el día.


Por Sabrina Brull Ortiz.

Coach Emocional