Aprender a escuchar las emociones (porque hacer como que no existen nunca ha funcionado)

Por Sabrina Brull Ortiz.


Hay una escena que probablemente te resulte familiar. Estás enfadado, triste o preocupado y alguien, con toda la buena intención del mundo, te dice: «No le des más vueltas.» O el clásico: «Anímate, ya se te pasará.» Como si las emociones fueran una aplicación del móvil que pudiéramos cerrar deslizando el dedo hacia arriba.

La realidad es bastante menos práctica. Las emociones son un poco como ese amigo pesado que llama una y otra vez. Si no contestas, no desaparece. Al contrario, insiste más. Y con las emociones ocurre algo parecido: cuanto más intentamos ignorarlas, más formas encuentran de recordarnos que siguen ahí. A veces llegan convertidas en insomnio, en irritabilidad, en un nudo en el estómago o en esa sensación de estar agotados sin haber hecho nada especialmente diferente.

Vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a solucionar problemas rápidamente. Si tenemos hambre, pedimos comida a domicilio. Si queremos una película, la vemos al instante. Si necesitamos hablar con alguien, enviamos un mensaje y esperamos respuesta en minutos. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez y, sin darnos cuenta, esperamos lo mismo de nuestras emociones. Queremos dejar de sentir miedo hoy, superar una ruptura mañana y olvidar una pérdida cuanto antes. Pero el mundo emocional no entiende de prisas ni de atajos.

Además, solemos clasificar las emociones como si fueran alumnos de una clase: las buenas, como la alegría o la ilusión, se llevan matrícula de honor. Las malas el miedo, la tristeza o el enfado parecen castigadas al rincón. Sin embargo, ninguna emoción aparece porque sí. Todas cumplen una función.

Pensemos en el miedo. Imagina que vas caminando por la calle y un coche se salta un semáforo. Gracias al miedo reaccionas y te apartas. Nadie diría que esa emoción fue un problema. Lo mismo ocurre en otros aspectos de la vida. A veces el miedo no intenta frenarte; intenta decirte que te prepares mejor.

El enfado también tiene mala fama. Solemos pensar que enfadarse es perder el control. Pero, bien entendido, el enfado puede ser un excelente detector de límites. ¿Cuántas veces has aceptado algo que no querías y horas después has pensado: «Tenía que haber dicho que no»? Ese enfado no apareció para complicarte el día; apareció para recordarte que quizás estabas dejando de lado tus propias necesidades.

Y luego está la tristeza, posiblemente la emoción más incomprendida de todas. Nos incomoda verla en los demás y todavía más sentirla nosotros mismos. Enseguida buscamos distraernos, mantenernos ocupados o convencernos de que «no es para tanto». Sin embargo, la tristeza tiene una capacidad extraordinaria: nos obliga a parar. Nos invita a procesar cambios, despedidas o decepciones que necesitan tiempo para ser comprendidas.

Uno de los errores más frecuentes es creer que somos nuestras emociones. Decimos: «Soy una persona ansiosa», «soy inseguro» o «soy demasiado sensible». Pero una emoción no define quién eres; simplemente describe lo que estás experimentando en este momento. Es una diferencia pequeña en las palabras, pero enorme en la forma de relacionarnos con nosotros mismos.

Escuchar una emoción tampoco significa obedecerla ciegamente. Si estás enfadado, no necesitas responder con un portazo. Si sientes miedo antes de una entrevista de trabajo, tampoco significa que debas cancelar la cita. Gestionar las emociones consiste precisamente en crear un pequeño espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos después. Ese espacio, aunque parezca insignificante, suele marcar la diferencia entre reaccionar por impulso o actuar con conciencia.

Quizá la próxima vez que aparezca una emoción incómoda, en lugar de preguntarte «¿Cómo hago para dejar de sentir esto?», podrías probar con otra pregunta: «¿Qué intenta contarme esta emoción?».

Puede que no obtengas una respuesta inmediata. Las emociones no hablan a gritos; suelen hacerlo en voz baja. Pero cuando aprendemos a escucharlas, descubrimos que muchas veces no eran nuestras enemigas. Solo estaban intentando llamar nuestra atención.

Porque, al final, sentir no es un error del sistema. Es precisamente una de las cosas que nos hace humanos.


Sabrina Brull Ortiz

@sabrina.coach.emocional