Disruptores endocrinos en la infancia.

Por Sandra Matarranz | Enfermera y asesora de sueño infantil

Embarazo, bebés e infancia son etapas especialmente sensibles a determinadas sustancias químicas presentes en nuestro entorno. Conocer qué son los disruptores endocrinos y cómo podemos reducir algunas exposiciones cotidianas nos ayuda a cuidar la salud de los más pequeños sin caer en el miedo ni en alarmismos.


Estamos rodeados de sustancias químicas. Forman parte de los envases que utilizamos, los cosméticos, los productos de limpieza, los muebles, los juguetes o incluso los alimentos que consumimos. La mayoría pasan completamente desapercibidas en nuestro día a día, pero algunas tienen una característica particular: pueden interferir con nuestro sistema hormonal.

Son los llamados disruptores endocrinos.

El nombre puede resultar alarmante, especialmente cuando hablamos de embarazo, bebés y niños. Sin embargo, conocerlos no debería generar miedo, sino ayudarnos a tomar decisiones más conscientes. Porque no podemos —ni necesitamos— vivir en un entorno completamente libre de sustancias químicas, pero sí podemos reducir algunas exposiciones innecesarias.

Y durante determinadas etapas de la vida, como el embarazo y la infancia, hacerlo puede ser especialmente importante.

¿Qué es un disruptor endocrino?

Nuestro organismo utiliza las hormonas como auténticos mensajeros. Viajan por el cuerpo transmitiendo información y regulando procesos esenciales como el crecimiento, el metabolismo, la reproducción, el desarrollo cerebral, la respuesta al estrés o los ritmos biológicos.

Los disruptores endocrinos son sustancias externas al organismo capaces de interferir con el funcionamiento normal del sistema hormonal.

Algunos pueden imitar la acción de determinadas hormonas; otros bloquearla. También pueden modificar su producción, transporte, metabolismo o eliminación.

Y aquí aparece una cuestión fundamental cuando hablamos de infancia: no solo importa cuánto nos exponemos, sino también cuándo ocurre esa exposición.

Durante el embarazo, los primeros años de vida y posteriormente la pubertad, el organismo atraviesa momentos de enorme transformación. Las señales hormonales participan precisamente en la organización y maduración de muchos de esos procesos.

Por eso estas etapas se consideran especialmente sensibles.

No existe un único disruptor endocrino

Cuando hablamos de disruptores endocrinos no nos referimos a una única sustancia, sino a diferentes familias de compuestos.

Entre los más estudiados encontramos los bisfenoles, como el conocido BPA; los ftalatos, utilizados en distintos materiales plásticos y productos de consumo; los PFAS, una amplia familia de sustancias muy persistentes empleadas por sus propiedades resistentes al agua, las grasas o las manchas; determinados pesticidas; algunos retardantes de llama y ciertos contaminantes orgánicos persistentes.

Podemos encontrarlos, dependiendo de la sustancia, en materiales en contacto con alimentos, cosméticos y productos de higiene, textiles, muebles, polvo doméstico, determinados envases o productos industriales.

Además, en la vida real no estamos expuestos a una única sustancia cada vez. Estamos en contacto con múltiples compuestos simultáneamente y en cantidades diferentes.

Es el denominado «efecto cóctel» o exposición a mezclas, uno de los grandes retos actuales de la investigación en salud ambiental.

El embarazo: una etapa especialmente sensible

Durante nueve meses ocurre algo extraordinario.

A partir de unas pocas células se desarrollan el cerebro, el corazón, los pulmones, el sistema reproductor, el sistema inmunitario y el resto de órganos del futuro bebé.

Muchos de estos procesos están coordinados mediante señales hormonales.

La placenta desempeña un papel fundamental en este desarrollo, pero no constituye una barrera completamente impermeable. Determinadas sustancias ambientales pueden atravesarla y llegar al entorno fetal.

Por ello, la exposición prenatal a algunos disruptores endocrinos se investiga por su posible relación con alteraciones de la función placentaria, el crecimiento fetal, la duración de la gestación y diferentes mecanismos endocrinos y epigenéticos.

También se estudia si algunas exposiciones durante esta etapa podrían relacionarse con aspectos posteriores del metabolismo, el neurodesarrollo o el sistema reproductor.

Encontrar una asociación entre una determinada exposición y un problema de salud no significa que esa sustancia vaya a provocar necesariamente una enfermedad en nuestro hijo.

Influyen la cantidad, el momento y la duración de la exposición, la combinación con otras sustancias, la genética, la alimentación y muchos otros factores ambientales.

El objetivo, por tanto, no es generar miedo durante el embarazo, sino identificar aquellas exposiciones que podemos reducir fácilmente.

¿Por qué los niños son especialmente vulnerables?

Después del nacimiento, el organismo continúa desarrollándose a una velocidad enorme.

El cerebro sigue madurando, el sistema inmunitario aprende a responder al entorno, el metabolismo se adapta y el sistema endocrino continúa evolucionando.

Además, los niños no son adultos pequeños.

En proporción a su peso corporal, respiran más aire, consumen más alimentos y beben más agua que un adulto. Gatean, juegan en el suelo y están en contacto con el polvo doméstico. Y durante los primeros años exploran buena parte del mundo llevándose las manos y los objetos a la boca.

Todo ello puede aumentar proporcionalmente la exposición a determinados contaminantes ambientales.

La investigación estudia la relación entre algunos disruptores endocrinos y diferentes aspectos de la salud infantil, como el neurodesarrollo, la función tiroidea, el metabolismo y la obesidad, el desarrollo reproductivo o el momento de aparición de la pubertad.

¿Qué ocurre con el sueño infantil?

El sueño también está íntimamente relacionado con nuestro sistema hormonal y con los ritmos circadianos. Hormonas como la melatonina y el cortisol, entre otras señales biológicas, participan en la regulación del ciclo sueño-vigilia y siguen patrones relacionados con nuestro reloj circadiano.

En los últimos años ha aumentado el interés científico por conocer si determinados contaminantes ambientales y disruptores endocrinos podrían relacionarse también con alteraciones del sueño. Algunos estudios observacionales han encontrado asociaciones entre la exposición a determinados ftalatos, bisfenoles, PFAS u otros contaminantes y diferentes parámetros del sueño o de los ritmos circadianos, tanto en adultos como en población infantil.

Sin embargo, este es un campo todavía en desarrollo. No podemos afirmar que la exposición cotidiana a un determinado disruptor endocrino sea la causa directa de que un niño duerma mal. El sueño infantil depende de multitud de factores: maduración neurológica, ritmos circadianos, hábitos familiares, exposición a la luz, salud física y emocional, ambiente y características individuales.

Sí sabemos, en cambio, que sueño, sistema endocrino y ritmos circadianos están estrechamente conectados. Por eso comprender cómo el ambiente químico puede interactuar con estos sistemas constituye una interesante línea de investigación para los próximos años.

¿Cómo podemos reducir la exposición?

Llegados a este punto, probablemente muchas familias estarán pensando: «¿Tengo que cambiar todo lo que hay en casa?».

La respuesta es no.

Eliminar completamente los disruptores endocrinos de nuestra vida es prácticamente imposible y tampoco tiene sentido vivir intentando conseguir una exposición cero.

La estrategia más razonable consiste en reducir aquellas exposiciones que podemos evitar fácilmente, especialmente durante el embarazo y los primeros años de vida.

1. Cuidado con el plástico y el calor

Una de las medidas más sencillas es evitar calentar alimentos en recipientes de plástico.

Para comida caliente podemos priorizar vidrio, acero inoxidable o cerámica adecuada para uso alimentario.

También conviene retirar recipientes de plástico muy deteriorados y evitar reutilizar envases de un solo uso para funciones para las que no fueron diseñados.

2. Priorizar alimentos frescos

Siempre que sea posible, podemos priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados y mantener una alimentación variada.

Lavar frutas y verduras antes de consumirlas es otra medida sencilla.

No se trata de buscar una alimentación «libre de tóxicos» —un concepto poco realista—, sino de disminuir algunas fuentes de exposición mientras mantenemos una dieta nutricionalmente adecuada.

3. Ventilar y eliminar el polvo

El polvo doméstico puede acumular diferentes contaminantes procedentes de muebles, textiles, aparatos electrónicos y productos que utilizamos en casa.

Ventilar diariamente, aspirar y realizar limpieza húmeda de las superficies ayuda a disminuirlo.

Y algo tan sencillo como lavarse las manos antes de comer adquiere especial importancia en los niños pequeños.

4. Menos puede ser más

Cosméticos, perfumes, ambientadores y productos de limpieza forman parte de nuestra vida cotidiana.

No es necesario eliminarlos todos.

Pero, especialmente durante el embarazo y en bebés y niños pequeños, podemos plantearnos una regla sencilla: utilizar los productos que realmente necesitamos y elegir formulaciones sencillas cuando sea posible.

Además, «natural» no significa automáticamente seguro, del mismo modo que «sintético» no significa automáticamente perjudicial.

5. Elegir productos adecuados para niños

Los juguetes, utensilios y objetos infantiles deberían estar específicamente diseñados para ellos y cumplir la normativa correspondiente.

Un objeto de plástico que tenemos por casa no debería convertirse automáticamente en un mordedor simplemente porque al bebé le encanta jugar con él.

6. Durante el embarazo, reducir exposiciones innecesarias

Siempre que sea posible, conviene evitar la manipulación innecesaria de pesticidas, disolventes, pinturas u otros productos químicos y respetar cuidadosamente las recomendaciones de utilización y ventilación cuando sean necesarios.

Diez pequeños cambios que podemos empezar hoy

  • No calentar alimentos en plástico.
  • Utilizar vidrio, acero inoxidable o cerámica para alimentos calientes.
  • Lavar frutas y verduras.
  • Ventilar la casa diariamente.
  • Eliminar regularmente el polvo doméstico.
  • Lavarnos las manos antes de comer.
  • Reducir ambientadores y perfumes ambientales innecesarios.
  • Utilizar solo los cosméticos que realmente necesitamos, especialmente en bebés.
  • Evitar que los niños se lleven a la boca objetos que no estén diseñados para uso infantil.
  • Y, sobre todo, no intentar cambiarlo todo de golpe.

Informarse sin vivir con miedo

Quizá este sea el mensaje más importante de todos.

Cuando hablamos de embarazo e infancia, es fácil que cualquier información relacionada con posibles riesgos termine generando culpa. Y esa no debería ser la consecuencia de hablar de salud ambiental.

Las familias no controlan todas las exposiciones ambientales y tampoco pueden eliminar completamente los disruptores endocrinos de su entorno.

Lo que sí podemos hacer es conocer mejor dónde se encuentran y actuar sobre aquellas pequeñas decisiones que están a nuestro alcance.

No necesitamos tirar mañana todos los recipientes de plástico de nuestra cocina, cambiar los muebles de casa ni llenar el baño de productos que prometan ser «sin tóxicos».

Podemos empezar por algo mucho más sencillo.

Menos plástico en contacto con alimentos calientes. Más ventilación. Menos polvo. Menos productos innecesarios. Y mejores decisiones cuando llegue el momento de sustituir aquello que ya tenemos.

Porque cuidar la salud ambiental de nuestros hijos no consiste en tener miedo de aquello que nos rodea.

Consiste en conocerlo mejor para poder elegir mejor.


Sobre la autora

Sandra Matarranz | Enfermera y asesora de sueño infantil

Sandra acompaña a madres a recuperar el descanso sin recurrir a métodos rígidos, con especial atención a las familias que no cuentan con una red de apoyo.

Puedes conocer más sobre su trabajo y sus recursos para mejorar el descanso familiar en Instagram.

Instagram: @soysandramatarranz