El día que recibimos el diagnóstico

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después.

Para mí, uno de esos momentos fue cuando escuché: «Tu hija tiene que comer por una sonda porque no vamos a correr el riesgo de perderla por darle un biberón».

Sabíamos que algo no iba bien, pero no entendíamos exactamente qué estaba ocurriendo. Cada biberón generaba preocupación, cambios de color, falta de saturación de oxígeno y un sinfín de cosas…

Todo eso eran síntomas de que se estaba atragantando, y esto ocurría porque, al tragar la leche, esta se le iba al pulmón debido a una inmadurez en la coordinación de la deglución.

El motivo de los atragantamientos llegó después de muchísimas pruebas y semanas en el hospital, donde finalmente llegó el diagnóstico: disfagia madurativa. Sentí como si el mundo siguiera, pero para mí se hubiera parado. Miles de preguntas pasaban por mi cabeza, miedo, dudas… Y solo una pregunta me perseguía y me atormentaba: ¿No va a poder nunca saborear las cosas? ¿Va a estar toda su vida dependiendo de una sonda?

A partir de ahí empezó una lucha, un sueño y un deseo: que Adhara pudiera saborear las cosas, poder verla disfrutar de sus primeras comidas, poder darle su biberón en mis brazos mientras observaba su cara divina. Y ahí fue cuando comenzaron las consultas médicas, las pruebas, las recomendaciones y los cambios en nuestra rutina diaria.

La realidad es que nadie te prepara para recibir un diagnóstico.

Ni tampoco para gestionar las emociones que llegan después, pero aprendes sobre la marcha.

Sin embargo, con el tiempo descubrí algo importante: conocer el problema era el primer paso para ayudar a nuestra hija.

Ese día no solo recibimos un diagnóstico.

Ese día nuestra vida cambió para siempre. Comenzó una etapa de aprendizaje, adaptación y crecimiento.


Alicia Sánchez

@alientredosmundos